La nave

1
Cuando la primera flor de la primavera se abrió, Arun, El Sabio, tuvo La Visión. Dios mismo se le apareció en sueños y le dijo: "Arun, liderarás a tu pueblo". Admirado, El Sabio sólo percibía la Luz Divina, que era tan potente que no podía mirarla directamente. La voz de Dios le sonaba en la cabeza y no era ni masculina ni femenina, ni suave ni autoritaria. Era todo eso y más, y así Arun supo que el mensaje era verdadero. Rodeado de una inmensa blancura, El Sabio se arrodillo, reverente, y preguntó: "¿Qué quieres de mí?". Su propia voz le sonó extraña, como ajena, y le dio la sensación de estar hablando con eco. "Mira a tu pueblo, Arun –contestó Dios-. El río divide en dos a sus casas y a sus almas. La competencia y el odio crecieron durante generaciones y ya no se tienen confianza entre hermanos". La Presencia era tan poderosa y transmitía tanta paz, que a El Sabio le costaba seguir la conversación. Necesitó de toda su voluntad (que era mucha) para seguir prestando atención. Se había dado cuenta de que ahora venía lo importante: su misión. "Ya hubo demasiada violencia, muerte y destrucción. Está claro que se han olvidado de Mí. Esto no puede seguir así, tu pueblo debe reencontrarse conmigo y tú serás mi instrumento". En La Visión, el aire olía a flores silvestres y la temperatura era perfecta. Cada vez que Dios hablaba, Arun sentía cómo una brisa fresca le acariciaba la cara y el cuerpo, y lo hacía estremecerse. Así de intensa era Su energía. "¿Por qué yo?", quiso saber El Sabio. A pesar de la bondad de la presencia divina, se sentía intimidado ante Su enormidad. "Porque durante generaciones tu familia se mantuvo al margen de las peleas –explicó Dios -. Porque dedicaste tu vida a hacer el bien y a cultivar tu mente y tu espíritu sin corromperte. Porque siempre llevas consuelo a los sufren sin juzgar mis actos. Porque esa postura te convirtió en el más respetado de todos. Y porque a ti, Arun, te escucharán". Luego de una pausa agregó: "De un modo que ya no hacen conmigo". La última frase sacudió a El Sabio. El peso de la responsabilidad y el miedo a fallar en una misión sagrada lo paralizaron. Temblaba cuando Dios lo tranquilizó. "No debes temer porque Yo estaré contigo. Aun cuando no quieran escucharte, tu misión no fallará". Un poco más tranquilo, pero todavía confundido, Arun volvió a interrogar a Dios: "¿Qué debo hacer?". "Estableceré un nuevo pacto con los hombres –contestó-. Construirás una nave para llevar a tu pueblo hasta Mí. Yo guiaré tu mano para que dibujes los planos, y estaré a tu lado cuando expliques la misión. Deberá ser muy grande, para albergar a todos. Y entre todos deberán construirla, para poder terminarla. Eso es primordial". La Visión terminó y Arun se despertó con una sensación de vacío y frío nervioso en el estómago. En la oscuridad de su cuarto repasó la experiencia y sintió un poco de vértigo ante el tamaño de su misión. Convencido de que ya no podría volver a dormir, encendió unos candiles, limpió la mesa de madera, extendió unos enormes pergaminos limpios (que guardaba para una ocasión especial) y se puso a dibujar con una pluma y tinta azul. La salida del sol lo sorprendió inclinado sobre sus planos. Con la pluma en sus dedos manchados de tinta y una sonrisa plena. Arun, El Sabio, era feliz por primera vez.

2

Dieciséis meses después de La Visión, Arun estaba parado sobre una colina, cruzado de brazos. El sol le pegaba con rudeza en el cuello y la espalda, y su sombra se proyectaba delante de él, convirtiéndolo en una especie de gigante. Con satisfacción miraba cómo la sombra de su cabeza llegaba hasta la isla del medio de río. No había tenido otra Visión, y no parecía necesitarla, todo marchaba a la perfección. Allí un grupo de gente del pueblo trabajaba en montar una suerte de monumental cono inclinado metálico. Desde donde estaba, a El Sabio se le antojaban como hormigas construyendo su hogar. Los hombres iban y venían, llevando vigas de hierro, golpeteando, serrando, clavando y calafateando. Arun cerró los ojos y aspiró profundo. El viento de la tarde le traía el rumor, apagado por la distancia, de risas y cantos, y el aroma de la comida recién cocinada. Pasado el tiempo de la euforia, la armonía y la felicidad reinaban en el pueblo. La era de la discordia y el odio parecían enterrados para siempre. No había sido fácil llegar a este punto. Generación tras generación, el pueblo de cada margen del río había aprendido a ver a los de la otra orilla como enemigos mortales. Para cuando alguien había prendido fuego el puente, ya hacía años que ninguna persona lo atravesaba, y el polvo del olvido se amontonaba sobre sus maderos. Hubo acusaciones cruzadas, pero eran hipócritas, porque nadie se había puesto triste por la pérdida. Por eso, cuando Arun comenzó a explicarles la tarea, hubo desconfianza. Cada facción quería dirigir el proyecto y hasta llegaron a pactar construir dos naves, una de cada lado del río. En ese momento, Arun se retiró a las montañas y les dijo: "Parece que sólo pueden ponerse de acuerdo para odiarse mutuamente. La erudición de Dios planeó este proyecto como la suma de las dos mitades del pueblo, no así". Apenas un par de meses más tarde, una delegación fue a buscar a El Sabio a la montaña. Desde que se habían separado, los accidentes habían aumentado, las maderas se quebraban y los hierros se torcían. Nada parecía salir como debía y decidieron llamarlo de vuelta. Resignados, comenzaron a trabajar codo a codo. Al principio, llenos de hostilidad, luego de desconfianza y, paulatinamente, empezaron a simpatizar. Las peleas fueron desapareciendo y ahora los herreros de cada orilla fraguaban el metal juntos y compartían los secretos de su profesión. Los carpinteros serruchaban y clavaban uno al lado del otro, los ingenieros planeaban como un solo grupo, las mujeres tejían y cocinaban para todos, sin distinciones sobre dónde habían nacido, y los niños correteaban mezclados sin tapujos. El pueblo había vuelto a ser uno y el nuevo puente, que comunicaba las dos orillas con la isla de la nave que los llevaría a Dios, era el símbolo. Arun suspiró y comenzó a bajar la colina. Allá, en la isla, las campanas llamaban a comer y a agradecerle a Dios.

3

Arun se meció la barba blanca con la mano derecha y trató de mantener la respiración controlada. El gran día había llegado, al fin. Veinticinco años habían pasado desde que Arun había tenido La Visión. Ahora, la ansiedad y los nervios por la expectativa ante el final de la larga espera lo estaban consumiendo. La Nave estaba terminada. ¡Llegarían a Dios! Doblado por la excitación, la inquietud y la esperanza, El Sabio miraba la fiesta desde la cabecera de la mesa en la que lo habían sentado. En ese cuarto de siglo una nueva generación había nacido, crecido y finalizado la construcción de La Nave. Esos muchachos no sabían nada del odio que reinaba en ese lugar, antes de La Visión, y ahora veían corretear a los hijos de parejas formadas entre jóvenes de ambas orillas. En todo ese tiempo Dios no había vuelto a hablar con él. El ambiente estaba muy relajado y eso llamó la atención de Arun. ¿Cómo no estaban nerviosos o eufóricos? ¿No se preguntaban, como él, si serían dignos de estar frente a Dios? Parecían satisfechos con los bailes, la comunión, y los alimentos y el vino compartidos. Las sonoras campanadas de la flamante iglesia levantada en la isla de La Nave sobresaltaron a El Sabio y desataron los gritos de alegría de los festejantes. Era la hora señalada para subir a bordo. De a uno fueron subiendo por la amplia escotilla. Llevaban a las criaturas en brazos y ayudaban a los mayores a caminar. Algunos de ellos, en el momento de ingresar, miraban hacia el pueblo por encima del hombro, y no podían reprimir el llanto emocionado.  Arun fue el último en subir. Sus livianos pasos retumbaron en el piso de madera. Así de ceremonial era el respetuoso silencio con que la gente del pueblo lo recibió. Observando cada una de las caras a izquierda y derecha, El Sabio atravesó el camino que habían improvisado para él, formándose a cada lado. Llegó a la cabina de control, se sentó en la silla de mando y se dispuso a bajar la palanca. Lo último que Dios le había dicho era que su misión finalizaría cuando La Nave estuviera terminada y él accionara ese control. Estiró la mano y la cerró en un puño cuando notó que temblaba descontrolada por la ansiedad. Sentía las miradas de la gente del pueblo que se le clavaban como alfileres en la nuca. Cerró los ojos con fuerza y respiró profundo. "No tengo derecho a estar nervioso o tener miedo –pensó -. Esta es una misión divina. Dios no me va a defraudar". Ahora relajado, Arun estiró con confianza el brazo derecho y bajó con fuerza la palanca.

4

No ocurrió nada. Cinco minutos más tarde, Arun todavía miraba estupefacto la palanca y su mano, como si fuera un ente ajeno a su cuerpo. No hubo vibración, ni explosión, ni movimiento: nada. Tampoco hubo manifestaciones supernaturales. Ni estallidos de luz, ni personificaciones divinas: nada. En un cuarto de siglo había escuchado decenas de especulaciones sobre qué pasaría cuando bajara esa palanca. Nunca nadie había sugerido que ocurriría esto: nada. Dejó correr otros cinco minutos y se animó a enfrentar a la gente. El silencio era frío, doloroso. Arun levantó las palmas de las manos, las apuntó al techo y se las ofreció a la multitud. Era lo más parecido a una explicación que podía lograr. ¿Lo lincharían? ¿Lo desterrarían? Con pesadumbre levantó la vista y se sorprendió. En los ojos de la gente del pueblo no había rencor, ni fastidio ni frustración. Desde el fondo alguien gritó: "¡Si no hay viaje, sigamos con la fiesta!" Otro abrió la escotilla y, sin enojos, fueron bajando, en perfecto orden. El Sabio todavía estaba petrificado cuando uno de los ancianos se le acercó. Era uno de los que con más fervor había peleado por mantener la separación, y uno de los miembros de la delegación que lo había ido a buscar a la montaña, casi veinticinco años atrás. El viejo le palmeó el hombro y le dijo: "No te sientas mal, nadie quería irse realmente. No ahora que vivimos en paz". Arun lo miró, alienado, y quiso contestar, pero su mente estaba en blanco. El viejo le volvió a palmear el hombro y emprendió la retirada. Era el último. Fuera, las estrellas brillaban con un fulgor rabioso, una brisa leve hacía susurrar a las copas de los árboles, y al rato se volvió a escuchar el sonido de un violín que desgarró la quietud de la noche y el acompañamiento de voces sumadas en cantos y risotadas. Estaban felices. Arun se sentó en la soledad de la inmensa nave y lloró amargamente durante horas, hasta que se quedó dormido por agotamiento.

Entonces tuvo la Segunda Visión. Dios volvió a aparecer en su magnificencia y le preguntó: "¿Por qué lloras, Arun, hijo mío?". El sabio, que aún lloraba en el sueño, le contestó:
-¿Qué pasó? Míralos. Se juntaron y dejaron todo para llegar a Tí. Se esforzaron durante veinticinco años para construir algo que nunca funcionó. Fracasé en mi misión. Y no sé si les fallé a ellos, a Ti, o si Tú nos fallaste.
-¿No entendiste lo que ellos sí comprendieron? –dijo Dios -. No pareces digno de tu apodo –bromeó-.
Arun se quedó estupefacto. No sólo porque nunca había escuchado que Dios pudiera tener sentido del humor, sino porque todavía se resistía a entender.
-Míralos de nuevo, Arun. Bailan, cantan y comparten lo que tienen. Hay amor entre ellos. Amor, Arun. ¿Comprendes? La Nave sí funcionó. Construirla los trajo hasta mí. Mira de nuevo. ¿No me ves allí en el medio, bailando con ellos? ¿No me escuchas cantando sus canciones a coro? ¿No me percibes jugando con los niños? Baja de la nave, Arun, y súmate a la fiesta porque la nave llegó a destino.


Epílogo

Arun falleció un año después, feliz y satisfecho. El pueblo pasó a ser uno solo y se mantuvo así por siempre. El monumento conmemorativo (la Nave) era restaurado periódicamente con mucho amor, por ser el símbolo de la unidad. Al cumplirse el primer aniversario de su muerte, la gente decidió que ya era hora de que el pueblo tuviera nombre. Votaron, y el homenaje ganó por unanimidad. Hoy se los conoce como el pueblo de "Arun, El Loco".

Por Patricia y Gustavo Masutti Llach, Octubre de 2004